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21 Julio 2005

¿Qué es leer en el mundo actual?

Por: Francisco Cajiao
facar@cable.net.co

Es claro que primero tuvo que aparecer la escritura porque de otro modo no habría habido nada que leer. Dejando de lado a los escribientes, escribas o escribanos de culturas antiguas, que eran capaces de leer sus propios textos, muy pocos tenían la posibilidad de descifrar jeroglíficos, tablillas cuneiformes o ideogramas.
Desde que la escritura fonética irrumpió en la historia humana, la mayoría de las personas entiende la lectura como el ejercicio de asignar sonidos a los signos y luego convertirlos de nuevo en lenguaje oral, así sea en ese proceso tan misterioso como complejo que es la lectura silenciosa, a la cual dedican parte de su vida las personas en este mundo actual, lleno de textos de todas clases, tamaños y funciones. Sin embargo, es importante tomar conciencia de que la lectura es mucho más que esto, dado que ahora hay una gran variedad de nuevas formas de escritura. Y esta reflexión tiene una especial validez para quienes se ocupan de la educación, pues todavía las instituciones escolares siguen pensando que para leer con eficacia es suficiente descifrar el abecedario.
Por todas partes hay pequeñas palabras, mensajes inconexos, dibujos y nombres sin significados, que es necesario asociar con cosas que sí tienen significado. Este es el verdadero trabajo del lector cotidiano: saber orientarse a través de una selva intrincada de signos que lo persiguen, lo invaden y de los cuales no puede escapar.
Quien no puede leer porque no sabe, o porque sus ojos no se lo permiten, está terriblemente desvalido para sortear con éxito sus horas de trabajo o de ocio en los laberintos urbanos. Igual le sucede a quien está en una ciudad o un país extraño, donde además de no conocer el idioma, tampoco sabe leer un mapa u orientarse por los signos dispuestos en las paredes o en los postes. Es necesario saber leer los horarios de aviones y de trenes, y relacionarlos con una lógica de operación de estos monstruos que pueden llevarse a alguien al lugar más inesperado sin que siquiera logre darse cuenta.
En otras palabras, leer no es más que una forma humana de habitar el mundo, sobre todo un mundo sobre el cual se pueda tener un mínimo grado de control. Y, por supuesto, leer es mucho más que descifrar mecánicamente unos signos, pues lo que importa en realidad no es cómo suenan, sino lo que esos pequeños dibujos pueden desencadenar en nuestro cerebro y en nuestros sentimientos, moviendo pensamientos y orientando nuestras acciones. Si se piensa con cuidado es fácil darse cuenta de que buena parte de las actuaciones de las personas, de lo que hacen y dejan de hacer, está dirigido por los textos que leen, especialmente de aquellos que sugieren, indican y convencen mediante mecanismos de persuasión muy cortos y eficaces.
Se gasta mucho tiempo enseñando a niñas y niños pequeños a unir letras y palabras que ellos no comprenden ni necesitan, mientras se olvida que su lectura real es otra y que desde que nacen están en contacto con un mundo físico y humano que deben descifrar continuamente, como parte de su aprendizaje esencial de supervivencia. Pero también sus gustos, sus deseos y sus placeres comienzan a estar asociados desde muy pronto con palabras especiales como Coca-Cola, cuyo significado, forma, sabor y contenido no tienen que ver con el desciframiento alfabético de la ce con la o, la ce con la a, etc., sino con un significado global que involucra un tipo de letra, un gusto, una alegría de vivir, una música, un color..., porque todo eso es Coca-Cola, que escrita de otro modo no significa lo mismo.
Uniendo un tipo particular de grafismos, unos colores, la forma de una botella y un nombre que no corresponde a ningún idioma es posible saber que cierta cosa se lee “cocacola”, sin importar si está escrito en caracteres chinos, árabes, japoneses, hebreos o cirílicos. De esta misma forma universal que une colores, usos, deseos y palabras aprenden los niños desde muy pequeños a leer gran parte del mundo de signos que los rodea, asociando sonidos y sabores, canciones y juguetes, marcas y prestigio. La lectura significativa temprana, que es de la cual se está hablando ahora, está profundamente ligada al mundo del consumo, de la fabricación de necesidades, de la domesticación inicial de los deseos y los gustos. Esta es la lectura inicial que mueve compulsivamente a la acción, porque genera la necesidad de comprar, de tener, de consumir desde la primera infancia.
Este inmenso mundo de signos escritos, que invaden todos los lugares de las ciudades y avanzan cada vez más hacia los campos, produce lectores inmediatos, espontáneos, que no requieren haber ido a la escuela para saber descifrar el nombre del deseo que se escribe en cada producto y en cada aviso publicitario. Se puede ser analfabeto en el sentido convencional y ‘leer’ sin titubeos el nombre de la leche, la marca de la bicicleta, distinguir si un televisor es Sony o Samsung... Basta sólo un poco de tiempo bajo la influencia visual de las vallas publicitarias, los empaques de productos, los jingles de la radio y los video-clips de la televisión para volverse un hábil lector.
De otra parte, hay todavía millones de seres humanos que viven alejados de estos mundos de palabras ‘comprables’ y comestibles. Se puede viajar en muchos países del Tercer Mundo durante horas, días y aun semanas sin ver nada distinto del paisaje: desiertos, sabanas, montañas, ríos, selvas. En esos lugares todavía hay mucha gente que vive en una época diversa, en la cual el signo escrito no parece inventado, donde no llegan las señales de radio o televisión. Desde luego, la mayoría de esas personas, sean niñas y niños o adultos de todas las edades, continúan siendo analfabetas totales, no por el hecho de que no sepan leer, sino porque no tienen cosas que leer, porque no hay signos lingüísticos escritos de los cuales dependa su vida, como ocurre en el caso de los habitantes de las ciudades.
Las palabras de la cotidianidad urbana, con toda su fuerza expresiva, constituyen un mundo propio, capaz de pensamientos, deseos, urgencias y acciones muy diferentes a aquellas características de los mundos en que predominan las cosas, los objetos directos de la naturaleza. En estos mundos, donde habita todavía una gran parte de la humanidad, la vida depende de otros tipos de lectura que conducen a orientar la vida individual y colectiva por la dura senda de la supervivencia en condiciones hostiles. En muchos lugares aislados del sur de Africa, de la cordillera de los Andes o de la estepa asiática lo que se debe aprender de forma precoz es la solidaridad de grupo y el apego a la tradición, sin los cuales es muy difícil sobrevivir a la adversidad del clima, la irregularidad de las cosechas y las precariedades de la salud. Es lo que se suele denominar con el nombre genérico de “la pobreza”.
El asunto del analfabetismo es, entonces, un asunto de pobreza. Quienes no leen y escriben son los pobres de la tierra, no por el hecho de no tener habilidad lecto-escritora, sino porque en los lugares que habitan hay pobreza de símbolos, de información, de oportunidades, de imágenes de la vida, de deseos, de aspiraciones, de instrumentos, de casi todo lo que pueden hacer los seres humanos —bueno o malo— para reinventar el mundo más allá de su estado primigenio.
Riqueza y pobreza humanas son términos que guardan estrecha relación con la necesidad mayor o menor de escribir y leer. Son más pobres los que necesitan muy poco de la lectura, porque eso significa que los mundos en que habitan requieren pocas palabras para ser ocupados: quizá sea suficiente conocer nombres y marcas de productos, rutas de buses, nombres de calles, sin ninguna lógica, para deambular pidiendo limosna en los semáforos de las grandes ciudades. Entonces se abandona la escuela en tercero o cuarto grado, porque más allá de estas cosas no se requiere saber leer instrucciones de uso de alimentos precocidos, ni manuales técnicos de aparatos tecnológicos, ni novelas, ni periódicos: para saberlo todo están la radio omnipresente y la televisión que siempre es posible conseguir, aunque sea en los grandes tugurios de Latinoamérica o de Asia. Quienes viven en el entorno de la riqueza, de la producción de alta tecnología, de los circuitos financieros, de la vida intelectual requieren, en cambio, altos niveles de capacidad lectora, pues casi nada en su vida viene sin la mediación de la palabra escrita. También los obreros de fábricas robotizadas, los funcionarios de los bancos, las camareras de los hoteles internacionales de lujo deben leer con fluidez –y a veces en más de un idioma– para tener idoneidad mínima en sus cargos. Pero también deben ser capaces de usar sistemas digitales a través de computadoras u otros instrumentos y maquinarias para extraer información (leer) o ingresar datos (escribir). El trabajo en el universo de la riqueza sustituye la fuerza de las manos con el poder de las palabras; donde hay más símbolos los seres humanos usan más su inteligencia que su habilidad motriz. Por el contrario, el trabajo en el mundo de la pobreza siempre estará más asociado con el músculo que con el cerebro, con el esfuerzo físico que con el ejercicio mental.
También quienes se esfuerzan más por comprender su naturaleza y la naturaleza de sus relaciones con el mundo y con las otras personas requieren más de la lectura que aquellas que viven solamente en el momento, pendientes de encontrar lo que su impulso les exige en el instante. Leen muchos libros quienes no se contentan con los mensajes publicitarios que orientan la moda, el alimento y el amor. Leen historias y novelas quienes tienen necesidad de llenar su tiempo y su memoria de acontecimientos y relatos más extensos que el recuerdo de su propia vida. Y si lo hacen, tal vez no sea por el hecho de que sepan leer, sino porque seguramente desde niños estuvieron rodeados de esos misteriosos objetos en cuyo interior se sospechaba que podrían existir secretos maravillosos. Por el contrario, leen pocos libros quienes viven solamente para comprar las cosas que el momento les exige, porque quizá siempre estuvieron rodeados de anuncios sugestivos y revistas llenas de fórmulas mágicas para la felicidad.
Este juego de ideas sobre la lectura y el analfabetismo muestra que lo más importante no es enseñar las habilidades propias de la lectura, como desciframiento de los signos convencionales de nuestro abecedario fonético, sino tratar de crear las múltiples necesidades de la lectura en grupos humanos que hasta ahora no la han necesitado porque en su entorno no hay libros, no hay empleo de alto nivel productivo y exigencia educativa, y no parece haber interés real de nadie en que salgan de su ignorancia y su enajenación.

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